Desde que estoy
en mi nuevo puesto de trabajo, a veces me cuesta recordar que sigo siendo policía.
Alejado de las calles, desde la seguridad de mi despacho y la comodidad de mi
silla, ya casi ni me acuerdo de qué es estar en peligro. Tengo mi chaleco
antibalas personal cogiendo polvo dentro de la taquilla, y no recuerdo cuál fue
el último día que me lo puse.
Por supuesto, el
chaleco que menciono me lo pagué de mi bolsillo. No recuerdo el precio exacto,
pero creo que fueron unos 600 euros aproximadamente, y cualquiera se imagina el
esfuerzo económico que eso supone.
Me imagino que ya
sabéis porqué me he acordado de él. La muerte de Vanessa, la Policía Nacional en
Vigo, tiroteada por un atracador suicida, me ha recordado la importancia de
aquella compra que hice en su día. Entonces no estaba casado, no tenía hijos y
aún me lo podía permitir. Desde luego, ahora no podría comprármelo, o me
supondría un esfuerzo increíble hacerlo.
No paro de pensar
en la mala suerte que han tenido Vanessa y su compañero. Por supuesto me he
preguntado porqué iban sin el chaleco antibalas de dotación que seguro que hay
en el vehículo que conducían. Pero todos sabemos que esos chalecos no son la
solución. La solución es llevar un chaleco personal bajo el uniforme,
aumentaría las probabilidades de salir con vida de una situación así.
El tiempo que
tarda uno en parar el coche, coger el otro chaleco y ponérselo, puede
significar llegar tarde a un servicio. Puede significar la muerte para alguien.
Pero de haberlo hecho, podría ser que el atracador hubiera huido, podría ser
que la directora de la oficina estuviera muerta, podría ser que el muerto fuera
otro ciudadano que pasara por allí y hubiera hecho un mal gesto.
Qué mala suerte,
no paro de pensar. Se han encontrado con un atracador suicida. Yo llamo suicidas
a esos atracadores que parece que solo tengan dos opciones. O llevarse un
montón de dinero para despedirse de este mundo por todo lo alto, antes de que
los cojan, o morir en el intento. Y por supuesto sin intención de dejarse coger
vivos, claro.
Bien, pues el
asesino de Vanessa debía de ser de estos. Porque si no no se explica su manera
de actuar, desde luego. Seguramente sin nada que perder, harto de todo, decide
llevarse el último pellizco, o morir. Y si lo hace, pues llevándose a alguien
por delante, claro.
Luego pienso que
la legislación vigente no está preparada para este tipo de criminales. Pero los
políticos tampoco, porque son incapaces de dotar de material suficiente a los
policías para enfrentarse a este tipo de criminales.
¿Cuánto vale un
chaleco personal? ¿Es que cómo no estamos en Estados Unidos, es imposible que
pase lo de Vigo? ¿Por qué sigue pareciendo que la seguridad de los funcionarios
públicos tiene un precio tan bajo?
¿Cuánto valía la
vida de Vanessa? Estoy convencido que para los políticos, vale bien poco. Pero
para su marido y para el bebé de 6 meses que ha dejado atrás, para ellos estoy
seguro que no tiene precio.
Requiescat in
pace Vanessa.
No te conocía,
pero estoy seguro que eras una gran policía. Porque solo así se explica que
viendo salir a un atacador armado con
una rehén cogida del cuello, pudieras decirle: “Tranquilo, no pasa nada”,
sabiendo que no cabía otra opción.
Ojalá tu
desgracia sirva para cambiar la situación y salvar vidas. Ojalá compren los
malditos chalecos personales. Ojalá una vida deje de valer tan poco…