sábado, 29 de noviembre de 2014

De porqué una vida vale tan poco

Desde que estoy en mi nuevo puesto de trabajo, a veces me cuesta recordar que sigo siendo policía. Alejado de las calles, desde la seguridad de mi despacho y la comodidad de mi silla, ya casi ni me acuerdo de qué es estar en peligro. Tengo mi chaleco antibalas personal cogiendo polvo dentro de la taquilla, y no recuerdo cuál fue el último día que me lo puse.
Por supuesto, el chaleco que menciono me lo pagué de mi bolsillo. No recuerdo el precio exacto, pero creo que fueron unos 600 euros aproximadamente, y cualquiera se imagina el esfuerzo económico que eso supone.

Me imagino que ya sabéis porqué me he acordado de él. La muerte de Vanessa, la Policía Nacional en Vigo, tiroteada por un atracador suicida, me ha recordado la importancia de aquella compra que hice en su día. Entonces no estaba casado, no tenía hijos y aún me lo podía permitir. Desde luego, ahora no podría comprármelo, o me supondría un esfuerzo increíble hacerlo.

No paro de pensar en la mala suerte que han tenido Vanessa y su compañero. Por supuesto me he preguntado porqué iban sin el chaleco antibalas de dotación que seguro que hay en el vehículo que conducían. Pero todos sabemos que esos chalecos no son la solución. La solución es llevar un chaleco personal bajo el uniforme, aumentaría las probabilidades de salir con vida de una situación así.
El tiempo que tarda uno en parar el coche, coger el otro chaleco y ponérselo, puede significar llegar tarde a un servicio. Puede significar la muerte para alguien. Pero de haberlo hecho, podría ser que el atracador hubiera huido, podría ser que la directora de la oficina estuviera muerta, podría ser que el muerto fuera otro ciudadano que pasara por allí y hubiera hecho un mal gesto.

Qué mala suerte, no paro de pensar. Se han encontrado con un atracador suicida. Yo llamo suicidas a esos atracadores que parece que solo tengan dos opciones. O llevarse un montón de dinero para despedirse de este mundo por todo lo alto, antes de que los cojan, o morir en el intento. Y por supuesto sin intención de dejarse coger vivos, claro.
Bien, pues el asesino de Vanessa debía de ser de estos. Porque si no no se explica su manera de actuar, desde luego. Seguramente sin nada que perder, harto de todo, decide llevarse el último pellizco, o morir. Y si lo hace, pues llevándose a alguien por delante, claro.

Luego pienso que la legislación vigente no está preparada para este tipo de criminales. Pero los políticos tampoco, porque son incapaces de dotar de material suficiente a los policías para enfrentarse a este tipo de criminales.
¿Cuánto vale un chaleco personal? ¿Es que cómo no estamos en Estados Unidos, es imposible que pase lo de Vigo? ¿Por qué sigue pareciendo que la seguridad de los funcionarios públicos tiene un precio tan bajo?
¿Cuánto valía la vida de Vanessa? Estoy convencido que para los políticos, vale bien poco. Pero para su marido y para el bebé de 6 meses que ha dejado atrás, para ellos estoy seguro que no tiene precio.

Requiescat in pace Vanessa.
No te conocía, pero estoy seguro que eras una gran policía. Porque solo así se explica que viendo salir  a un atacador armado con una rehén cogida del cuello, pudieras decirle: “Tranquilo, no pasa nada”, sabiendo que no cabía otra opción.

Ojalá tu desgracia sirva para cambiar la situación y salvar vidas. Ojalá compren los malditos chalecos personales. Ojalá una vida deje de valer tan poco…