Hay que reconocer
que a los agentes comodones, como yo, nos cuesta un horror cambiar de destino.
Se nos hace muy cuesta arriba tener que hacer el petate, y largarse a conocer a
gente nueva, jefes nuevos, procedimientos nuevos, un nuevo conocimiento del territorio,
aprender la problemática delincuencial del nuevo destino, etcétera. De los
cinco cambios que he hecho a lo largo de mi carrera, cuatro han sido
voluntarios (aunque uno porque no quedaba más remedio), y aún así se hace
difícil.
No, no es por
culpa del tipo de trabajo, ni tampoco porque ya conoces el lugar, ni tampoco
porque ya has memorizado las caras de los “habituales”, ni siquiera porque los
jefes ya te conocen. No, por supuesto es culpa de las personas que deciden el
75% de lo a gusto que estás en un sitio; hablo de los compañeros.
Ellos van a
decidir si estás bien o mal. Ellos van a marcar tu nivel de trabajo, hasta
dónde vas a arriesgar. Ellos están ahí para salvarte el culo, para hacerte
reír, para hacerte cabrear, para echarte un cable, para hacerte desconectar,
incluso para escuchar tus problemas. En definitiva, ellos lo son todo.
Mi último
destino, para mí, no era un destino fácil. Fue mi segunda opción en el
penúltimo concurso general. El lugar se me antojó repleto de delincuentes,
algunos de ellos peligrosos. El tipo de trabajo era bastante “guarro”, en temporada
alta lo podría considerar hasta peligroso. Incluso oí decir a un cabo, con gran
acierto, que “allí no hacían falta policías, hacían falta mercenarios”.
Los que me
conocen bien saben que ese tipo de trabajo no es mi preferido. Sabéis que soy
más bien tranquilo, amante del papeleo y los debates sobre procedimientos. Así
que cuando aterricé allí me dije, “madre mía, ¿dónde me he metido?
Por suerte, me
tocó un grupo increíble, con el mejor sargento que he tenido hasta la fecha.
Con ellos recordé cosas que creía ya olvidadas, aprendí mucho sobre
autoprotección. Y lo más importante, trabajé bien, divertido y bonito.
Pero aquello
parecía truncarse, hubo cambios. La mitad se marcharon, a otras unidades o a
otros destinos. El corazón me dio un vuelco, me quedé expectante al ver las
nuevas incorporaciones. Y pasado un tiempo prudencial, me enamoré de ellos.
Me costó un poco
más, quizá por la reticencia de quién ha roto con alguien a quien ha amado
mucho. Pero los nuevos eran igual de buenos, cuando conseguían organizarse. En
poco tiempo se creó un grupo compacto, una piña bien avenida.
Por ello, quizá,
me costó tanto decidirme. Volver a concursar se me antojó duro. Así que me
protegí con una dura coraza, como si no me importara lo más mínimo, incluso
como si lo deseara.
Cuando gané la
nueva plaza, tuve sentimientos contradictorios. Por un lado acababa de ganar un
buen destino (a 5 minutos de casa y mucho más tranquilo), por otro sabía que dejaba
atrás a grandes profesionales. Por otra parte, no era el único que se iba, la
mitad cambiábamos. Así que me consoló saber que el grupo volvía a cambiar, y
que por lo tanto ya no volvería a ser lo mismo, aunque me quedara.
Un golpe del
destino hizo que yo fuera el último en irme. Así que tuve que despedirme de los
demás que se iban, y tuve que dar la bienvenida a los recién llegados. Aunque
no quise, me vi obligado a hablar con estos últimos, a conocerlos, a escuchar
sus historias, a reírme con ellos. Y lo que es peor, tuve que trabajar con el
nuevo grupo que se estaba formando.
Cuando los vi en
acción, lo supe. Aquello iba a ser épico. Había vuelto a suceder, otra vez se
iba a formar un gran grupo de profesionales con los que valía mucho la pena
trabajar. Analizando todo esto, no me quedó más remedio que reconocerlo, dentro
del cuerpo hay calidad de sobras.
La última semana
se me hizo eterna, no llegaba nunca el momento de despedirme. Encima sabiendo
que aquel escamot que dejaba atrás ya no era el mío. No era ni mejor, ni peor.
Diferente, pero cojonudo. De haberme quedado lo habría disfrutado, pero lo que
no podía ser, no podía ser. Había llegado la hora del cambio.
Gracias a todos
los que habéis estado conmigo este último año y medio. Gracias por enseñarme
cuando creía que poco podía aprender ya. Gracias por aguantarme cuando me ponía
impertinente. Gracias por recordarme de manera elegante cual era mi sitio, cosa
que a veces tiendo a olvidar.
Y sobretodo,
gracias por proteger mi culo, para que cada día pudiera volver a casa sano y a
salvo.
Y a los que
habéis llegado nuevos: ahora el grupo es vuestro. Forjadlo a vuestra imagen,
disfrutad de vuestros compañeros. Y nunca, nunca, los dejéis atrás.
Hasta siempre.