martes, 26 de noviembre de 2013

Despedidas Eternas

Hay que reconocer que a los agentes comodones, como yo, nos cuesta un horror cambiar de destino. Se nos hace muy cuesta arriba tener que hacer el petate, y largarse a conocer a gente nueva, jefes nuevos, procedimientos nuevos, un nuevo conocimiento del territorio, aprender la problemática delincuencial del nuevo destino, etcétera. De los cinco cambios que he hecho a lo largo de mi carrera, cuatro han sido voluntarios (aunque uno porque no quedaba más remedio), y aún así se hace difícil.
No, no es por culpa del tipo de trabajo, ni tampoco porque ya conoces el lugar, ni tampoco porque ya has memorizado las caras de los “habituales”, ni siquiera porque los jefes ya te conocen. No, por supuesto es culpa de las personas que deciden el 75% de lo a gusto que estás en un sitio; hablo de los compañeros.
Ellos van a decidir si estás bien o mal. Ellos van a marcar tu nivel de trabajo, hasta dónde vas a arriesgar. Ellos están ahí para salvarte el culo, para hacerte reír, para hacerte cabrear, para echarte un cable, para hacerte desconectar, incluso para escuchar tus problemas. En definitiva, ellos lo son todo.

Mi último destino, para mí, no era un destino fácil. Fue mi segunda opción en el penúltimo concurso general. El lugar se me antojó repleto de delincuentes, algunos de ellos peligrosos. El tipo de trabajo era bastante “guarro”, en temporada alta lo podría considerar hasta peligroso. Incluso oí decir a un cabo, con gran acierto, que “allí no hacían falta policías, hacían falta mercenarios”.
Los que me conocen bien saben que ese tipo de trabajo no es mi preferido. Sabéis que soy más bien tranquilo, amante del papeleo y los debates sobre procedimientos. Así que cuando aterricé allí me dije, “madre mía, ¿dónde me he metido?
Por suerte, me tocó un grupo increíble, con el mejor sargento que he tenido hasta la fecha. Con ellos recordé cosas que creía ya olvidadas, aprendí mucho sobre autoprotección. Y lo más importante, trabajé bien, divertido y bonito.
Pero aquello parecía truncarse, hubo cambios. La mitad se marcharon, a otras unidades o a otros destinos. El corazón me dio un vuelco, me quedé expectante al ver las nuevas incorporaciones. Y pasado un tiempo prudencial, me enamoré de ellos.
Me costó un poco más, quizá por la reticencia de quién ha roto con alguien a quien ha amado mucho. Pero los nuevos eran igual de buenos, cuando conseguían organizarse. En poco tiempo se creó un grupo compacto, una piña bien avenida.
Por ello, quizá, me costó tanto decidirme. Volver a concursar se me antojó duro. Así que me protegí con una dura coraza, como si no me importara lo más mínimo, incluso como si lo deseara.

Cuando gané la nueva plaza, tuve sentimientos contradictorios. Por un lado acababa de ganar un buen destino (a 5 minutos de casa y mucho más tranquilo), por otro sabía que dejaba atrás a grandes profesionales. Por otra parte, no era el único que se iba, la mitad cambiábamos. Así que me consoló saber que el grupo volvía a cambiar, y que por lo tanto ya no volvería a ser lo mismo, aunque me quedara.
Un golpe del destino hizo que yo fuera el último en irme. Así que tuve que despedirme de los demás que se iban, y tuve que dar la bienvenida a los recién llegados. Aunque no quise, me vi obligado a hablar con estos últimos, a conocerlos, a escuchar sus historias, a reírme con ellos. Y lo que es peor, tuve que trabajar con el nuevo grupo que se estaba formando.
Cuando los vi en acción, lo supe. Aquello iba a ser épico. Había vuelto a suceder, otra vez se iba a formar un gran grupo de profesionales con los que valía mucho la pena trabajar. Analizando todo esto, no me quedó más remedio que reconocerlo, dentro del cuerpo hay calidad de sobras.
La última semana se me hizo eterna, no llegaba nunca el momento de despedirme. Encima sabiendo que aquel escamot que dejaba atrás ya no era el mío. No era ni mejor, ni peor. Diferente, pero cojonudo. De haberme quedado lo habría disfrutado, pero lo que no podía ser, no podía ser. Había llegado la hora del cambio.

Gracias a todos los que habéis estado conmigo este último año y medio. Gracias por enseñarme cuando creía que poco podía aprender ya. Gracias por aguantarme cuando me ponía impertinente. Gracias por recordarme de manera elegante cual era mi sitio, cosa que a veces tiendo a olvidar.
Y sobretodo, gracias por proteger mi culo, para que cada día pudiera volver a casa sano y a salvo.
Y a los que habéis llegado nuevos: ahora el grupo es vuestro. Forjadlo a vuestra imagen, disfrutad de vuestros compañeros. Y nunca, nunca, los dejéis atrás.


Hasta siempre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario