Soy policía desde
hace más de 10 años. Cuando entré en la escuela allá por el 2003, era un joven
ilusionado por aprender el que consideraba un noble oficio. Algunos amigos me
preguntaban si no tenía miedo, dado que ser policía era peligroso. Yo no entendía
la pregunta. ¿Riesgo? Sí, vale. ¿Peligroso? No más que otros trabajos mucho
peor pagados.
Ya he dicho que
por aquel entonces era joven y por supuesto algo inocente. Tuve la gran suerte
de comenzar a trabajar durante la que yo llamo, “La Edad de Oro de la Policía
Española”. Los cuerpos policiales españoles estaban bien vistos por la
ciudadanía, la profesionalidad y la modernidad eran la nueva norma, la
delincuencia violenta se había reducido, y en general la peligrosidad ya no era
la misma que antaño.
Hace unos años,
todos los que nos dedicamos a esto, percibimos un ligero cambio de rumbo.
Aumentaron los atentados a agente de la autoridad de “qué divertido es pegarse
con la policía", las faltas de respeto de “voy a tocarle a éste los cojones”,
las resistencias de “no me dejo detener porque no me da la gana”, y las
desobediencias de “voy a llevarle la contraria porque me apetece”.
No fue algo
brusco, más bien progresivo, pero en estos años no han dejado de aumentar estos
casos, alcanzando niveles realmente alarmantes. Y no solo me refiero a los
ilícitos penales cometidos contra los policías, sino también a los delitos
violentos. El aumento de los atracos, los robos violentos en via pública y
dentro de los domicilios.
Pero como policía
me preocupan más los otros casos, los que se cometen contra policías. Cuando
oyes frases como “que te insulten va en tu sueldo”, sabes que las cosas no
están bien. Cuando ves que un grupo de jóvenes turistas franceses, que se están
pegando entre ellos, se giran a practicar artes marciales contra una furgoneta entera
de antidisturbios, simplemente porque es divertido, sabes que las cosas están
realmente mal.
Desde luego los
trágicos acontecimientos de los últimos meses (y sobretodo de los últimos días)
me hacen replantearme qué está pasando realmente.
Es difícil
encontrar una explicación a este fenómeno, y posiblemente más de un factor haya
contribuido a ello. Y uno de esos factores es sin duda la laxitud del sistema
judicial, que a la larga ha provocado una grave desprotección jurídica a los
agentes de la autoridad.
¿A qué llamo
laxitud judicial? A que una conducta que es delito en el código penal, sea una
y otra vez condenada como una falta. Es bastante incoherente que pegar a un
policía conlleve una multa de 60 euros. Se llega a dar la paradoja de que casi
es más rentable darle un puñetazo a un policía que dejar que te ponga una multa
(y seguramente más gratificante para más de uno).
Es triste ver
como basta una búsqueda rápida por internet para encontrar a muchos de esos
sujetos regodeándose y enorgulleciéndose de sus actos. Algunos hasta se
consideran valientes.
¿Pero qué es ser
valiente? ¿Os parecen valientes esos chavales que insultan a la policía desde
lejos, pero que salen corriendo cuando van a identificarlos? ¿Es valiente el
individuo a cara tapada que le lanza una piedra a la cabeza a un policía? ¿Es
valiente acuchillar por la espalda a un policía que te ha tratado con educación
y respeto? ¿Es valiente intentar degollar, de manera sorpresiva y a traición, a
un policía que está intentando ayudarte? ¿Es valiente el atracador que toma
como rehén a una persona inocente y la utiliza de escudo humano para acribillar
a dos policías?
En algunos
medios, y desde algunos sectores de la sociedad, así lo parece, alentando ese
tipo de actos, o dándole voz y credibilidad a un delincuente antes que a un
grupo de policías condecorados.
Yo os explicaré
qué es la valentía. Valiente es ese grupo de policías que mantiene la calma
ante un grupo de personas que te está insultando y amenazando. Valiente son
esos policías que entran en un edificio lleno de radicales violentos, porque
una orden judicial así lo ordena. Valiente es mediar en una pelea entre
individuos peligrosos, aportando calma y serenidad. Valiente es intervenir en
un accidente grave, con el tráfico rodado pasando a tu lado a más de ciento
veinte quilómetros por hora. Valiente es entrar en un edificio incendiado para
salvar una vida. Valiente es lanzarse a reducir a un tipo que es más grande que
varios policías juntos. Valiente es el que entra en el piso franco de una
célula terrorista, sabiendo que probablemente estén armados. Valiente es el
que sale detrás de un ladrón, aunque sea por los tejados. Valiente es el que
sale detrás de unos tipos armados que acaban de atracar un prostíbulo.
Y sobretodo,
sobretodo… Valiente es, después de recibir un ataque sorpresa en el que te han
intentado degollar, salir corriendo detrás de tu agresor, a pesar de tener el
cuello literalmente rajado, y detenerlo. Valiente es el que es capaz de
reaccionar con calma y serenidad ante un atracador armado con una rehén.
Valiente es ser capaz de asistir las heridas de tu compañera caída, cuando tienes
varias heridas graves de bala.
Quien no sea
capaz de ver ahí la valentía, es que tiene un grave problema. Y esa parte de la
sociedad y esos medios que no consideran esos actos como sinónimo de valentía,
tendrían que empezar a hacer un autoanálisis, porque en su particular universo
las cosas no están bien.
En cuanto a cómo
empezar a cambiar esa tendencia del aumento de los ilícitos violentos, yo no
tengo una varita mágica. Pero quizá serviría empezar a no justificar ciertos
actos, a no ser tan laxos, y a empezar a aplicar la ley de una manera eficiente
y eficaz, sin medias tintas. Como suelen decir algunos policías: “Tolerancia
toda, impunidad cero”.
Porque cada día
que pasa, cada vez hay más policías que se ven obligados a demostrar su
valentía en la calle. Y, desgraciadamente, no siempre regresan a casa sanos y
salvos.
Esto va por
vosotros, compañeros. Los que estáis, y los que os habéis ido.
Porque vosotros
sí que ya lo habéis demostrado de sobras.
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